Especial

martes, 28 marzo 2006
Zeta no vale la vida de tres periodistas

El periodista Jesús Blancornelas

"Cuando fue electo (Jorge Hank Rhon) en Zeta escribimos un editorial diciendo que no íbamos a aceptar ni una pulgada de publicidad de ellos. Aceptarlo sería tanto como si Mario Aburto fuera a dar el discurso luctuoso en el aniversario de Colosio"

La era Blancornelas
Cuando llegó de Sinaloa, nunca se imaginó que su destino sería convertirse en el cronista de la primera gran narcoépoca de Tijuana, pero Jesús Blancornelas no sería el único que buscaba nuevas oportunidades en la frontera. Desde 1982, otros migrantes de Sinaloa, los hermanos Arellano Félix, ya estaban en esta esquina bi-californiana haciendo buenos negocitos. La vida, esa vieja enredosa, por supuesto, no tardó mucho en arrejuntarlos.

por Heriberto Yépez *
Hacia 1985 el Zeta ya tenía fama de estar “chingando al gobierno”. En ese tiempo yo trabajaba de empacador en un súper, entre la 10 y Revolución. Apenas salía del Calimax pasaba por un puesto de periódicos a llevarle el Zeta a mi hermano mayor. Pero ese viernes, por más que caminé, no lo encontré en ninguno de los puestos por los que pasé. “No había”, le dije a mi brother. “Qué raro”, dijo, como sin creerme. Pero al día siguiente toda la gente ya lo decía: el Zeta había sido retirado. A partir de ese fin de semana ya no sólo le llevaba el Zeta a mi hermano para ganarme su propina, sino para leerlo. El Zeta había pasado a formar parte de la leyenda urbana.
Todos los ejemplares habían sido comprados, desde muy temprano, por policías judiciales. Era septiembre de 1985. La primera plana rezaba: “La mafia llegó a Baja California”. Comenzarían a ser frecuentes los reportes de las actividades de un grupo de narcos, asociados con el gobierno, unos mentados Arellano.
El Zeta, además, era famoso porque su codirector, Héctor El Gato Félix Miranda, algo así como el Polo Polo de la política, escribía una columna, “Un poco de algo”, donde desfilaban chistes cabroncitos y toda clase de burlas sobre el PRI. En mi casa se reía poco —el gobierno de José López Portillo nos había llevado a la miseria—, pero los chistes de El Gato Félix eran comentados, por atrevidos, por gruesos, por decir la verdad de la forma más pelada.
En 1987 una uzi ametralló las instalaciones del semanario. El Zeta todavía parecía el único dispuesto a enfrentar al gobierno priista y al cártel, que poco después se convertiría, durante unos años, en la más poderosa organización de tráfico en todo el continente y, algunos dirían, del mundo. En abril de 1988, un día lluvioso, nunca se me olvidará, mataron al Gato. “No se vale”, dijimos todos. Matar al Gato había sido una chingadera. Eso sí daba coraje, porque el Gato era el único que decía las cosas tal como eran: culeras. Sus asesinos habían sido tres guardaespaldas de Jorge Hank Rhon.
A partir de la muerte del Gato, es necesario decirlo, comenzó a notarse más el otro codirector, el mentado Blancornelas.

Al estilo Blancornelas
Blancornelas era casi idolatrado. Era el símbolo heroico de cómo un periodista puede obtener la verdad, en las peores circunstancias —¡en México! Y no solamente en México: ¡en Tijuana!— por sus propias averiguaciones, por llamadas telefónicas, por soplones, por infiltraciones, por ex funcionarios o por los propios participantes, en suma, por sus huevos. Era como si Blancornelas pusiera un estándar general a la escritura: si la crónica que escribes no te pone la piel chinita, vale wilson. Si escribir no te pone en riesgo de muerte, mejor dedícate a otra cosa. El Gato Félix y Blancornelas hicieron que en Tijuana, escribir significara escribir al filo de la muerte.

El Zeta y la neta
La muerte del Gato —cuyo corrido, por los Tigres del Norte, fue el primero en ser censurado en México— fue, en muchos sentidos, la gota que derramó el vaso. Zeta era una figura de transición democrática. La indignación popular por el asesinato —los voceadores decían: “Zeta, el que dice la neta”— fue uno de los factores catalíticos de la llegada, por primera vez en la historia del PRI en todo el país, de un gobernador de la oposición, el panista Ernesto Ruffo Appel. Era el año de 1989. Sin Zeta la democracia no hubiera llegado a Baja California. Así de fácil. Los reportajes de los excesos del legendario Xicoténcatl Leyva Mortera —borracho, mujeriego, corruptísimo— y el asesinato del periodista eran combustible puro para los reclamos populares cuyos símbolos eran las ya decenas de cartolandias en las periferias, la corrupción policiaca —a todo lo que daba, casi como hoy—, los índices de criminalidad y la caída general —¡Oh Mike Davis!— de la metrópolis.
Cuando el PAN llegó al poder, la pregunta en la calle era: ¿Y ora, qué va a decir Blancornelas? El Zeta era percibido como un medio contra el PRI. La llegada del PAN alteraba el ajedrez. Ese fue un momento clave del semanario. Entonces, en una parte de sus lectores había aparecido la desconfianza, la ya famosa desconfianza mexicana, y con ella, la habladuría. “Mmmh, a mí se me hace que Blancornelas ya se vendió” o “El Zeta ya no es lo mismo de antes”. Con razón o sin ella, vox populi es macabra, en la mente de mucha gente el Zeta y la neta se separaron.

El nuevo jefe de jefes
Hacia los noventa, el narco se convirtió en el prefijo de moda: narcocultura, narcocorrido, narcochics, narcosatánicos, narcotúneles y el favorito de todos: narcojuniors. La aparición de popis violentos, hijos de familias adineradas que pasaron a formar parte del cártel, como Blancornelas anotó en su momento, era la prueba de que la sociedad de Tijuana había sido seducida, desde los picaderos en el barrio de la Zapata hasta las mansiones de la colonia Cacho y la Chapultepec, por el narcodinero, por el narcopower. En la frontera todo podía ser antecedido por el prefijo narco. Todito.
Señores absolutos de la plaza, los Brothers mandaron a matar a Blancornelas, que semana tras semana sacaba información delicada, notas mortales. En 1997 atentaron contra su vida. Por fortuna fallaron. El escolta de Blancornelas, por desgracia, no corrió con la misma suerte. Desde entonces Blancornelas escribe con chaleco antibalas.
Curiosamente el narco estaba ya tan metido en la urbe, que la popularidad de Blancornelas comenzó, es necesario decirlo, a descender dramáticamente. Como que saber de otra transa entre el gobierno y el narco, como que saber de otro asesinato impune, de otro pellizcazo de la PGR, simplemente, ya era más de lo mismo. El shock había dejado de surtir su efecto. El narco pasó de ser un prefijo a ser el mero mero sustantivo.
Blancornelas, decía la nueva generación, clienta del cártel, “es un moralista”. Otros esparcían el rumor de que Blancornelas trabajaba para el Señor de los Cielos, por eso su chingue-que-chingue contra los Hermanos, y así toda suerte de descalificaciones y rumores fantásticos comenzaron a rodear su figura. Blancornelas, se repetía, “ya enfadó”. No faltaba, lo juro, quien dijera: “¡Ojalá quiebren pronto al Blancornelas!”

Hankultura
En 2004 Francisco Ortiz Franco, editor de Zeta, fue asesinado. Los sospechosos oscilaban entre el cártel y, de nuevo, Hank Rhon. Pero esta vez la opinión pública, duele decirlo, no se indignó tanto como doce años antes con la muerte del Gato. El Zeta ya no circulaba igual. La gente ya se había acostumbrado al narco (o vivía de él) y, como si fuera poco, el “pueblo” que una década antes había salido a las calles para protestar contra los asesinos del Gato, ahora salía a las calles para votar por el presunto asesino intelectual, ¡que era candidato del PRI a la presidencia del municipio!
Ese fue el golpe más duro que recibió Blancornelas —más duro aun que el retiro de ejemplares, las balaceras o los asesinatos, más duro porque ese lo dio el “pueblo”—, porque todo lo que él representaba —la libertad y lucha contra la corrupción— había sido pisoteado por la mayoría de los electores. Quizá él nunca lo acepte, pero ese voto popular —¡ah, qué democracita, ¿no?!— le dio un gancho al hígado. Quizá nunca lo acepte, pero el hecho de que el mismito pueblo llevara a la presidencia municipal al presunto asesino de su amigo, fue, segurito, el factor decisivo para que ahora, 2006, Blancornelas anuncie que se retira de la dirección del Zeta.
En ese 2004 pasamos del mito optimista de la sociedad civil al realismo sucio de la sociedad cínica. Hace veinte años, el cártel eran unos carnales. Hoy, buena parte de esos brothers están muertos o encarcelados, pero hoy, dos décadas después, el cártel Somos Todos Nosotros.
En cierta manera, esta es la Hora Zeta, la hora final en que ya sólo se puede decir la verdad, por más cruda y cochina que sea, por más fea que sea, parece ser la hora de la última neta, el último round, las horas extras. En cierta manera, ésta es la mejor época para un bato como Blancornelas.

* Heriberto Yépez nació en Tijuana (1964). Es autor de El matasellos y A.B.U.R.T.O., publicados por Sudamericana. Ahora prepara su tercera novela, que versa sobre una ciudad del futuro. En su blog www.hyepez.blogspot.com confiesa, a lo Truman Capote, que es un cólico ahíto, un rogatodito, un mohosexual y, para que no quede duda, niega ser un genio.

Alejandro Almazán y Óscar Camacho Guzmán
Este hombre debería estar muerto desde hace nueve años. Diez hombres le dispararon a mansalva. Los diez desde posiciones distintas. Quedó malherido, grave, pero no murió. Vivió para contarlo y vaya que lo hizo. Mantuvo la firmeza en la conducción de Zeta, el semanario insignia de Tijuana que él fundó en 1980.
Al Jesús Blancornelas periodista, ese niño potosino al que lo intrigaba profundamente el hecho de que las cucarachas fumaran mariguana, según decía la canción, no lo iban a detener en su madurez cientos de disparos destinados a acabar con su vida.
Pocos periodistas mexicanos han mostrado tanto valor y compromiso como Blancornelas y su gente a la hora de documentar –a veces de manera estentórea y polémica— el ascenso del poder del narcotráfico, el encumbramiento del crimen organizado, o el asesinato de un hombre como Luis Donaldo Colosio.
Trabajar día a día como lo ha hecho Blancornelas en esa Tijuana, tan lejana de Dios y tan cerca de los Arellano Félix y los Hank, no es un mérito cualquiera. Lo saben todos.
Lo saben quienes lo han distinguido con reconocimientos como el Premio Internacional del Comité de Protección a Periodistas, el Premio Mundial de Periodismo Guillermo Cano de la UNESCO, el Premio Maria Moors Cabot, entre otros. Lo saben los que lo mandaron matar, lo saben los políticos y los policías corruptos.
Lo saben quienes lo han visto enterrar a tres de sus compañeros asesinados por pistoleros al servicio del crimen organizado.
Hoy, Blancornelas, cuya voz se escucha frágil desde el otro lado de la línea telefónica, ha dado un paso a un costado: el 28 de febrero pasado dejó la dirección de Zeta.
Decidió que era tiempo de cederla a una nueva generación de periodistas, que era momento de dedicarse a escribir más libros y que debía cuidar su salud y su seguridad. Se retiró del escritorio, pero no del periodismo.
Esta es la voz de quien empezó como reportero de deportes en su natal San Luis Potosí hace 50 años, el hombre creyente que cuando estaba agonizando repetía una y otra vez “Dios mío, en tus manos pongo mi espíritu y el de toda mi familia. Cuídalos”.
—Veinticinco años después de que lo fundó, ¿qué es Zeta, en qué se convirtió?
—Zeta nació no como un periódico, sino como un instrumento de defensa porque nos habían arrebatado el periódico ABC. Era la única forma de defendernos del gobierno y resultó que empezó a pegar fuerte. De ser un pequeño periódico tamaño carta se convirtió en un tabloide que tuvo éxito y que logró mucha penetración.
—¿Desde un principio concibió el perfil que tiene hoy en la cobertura de temas vinculados con el crimen organizado?
—En el arranque teníamos como propósito defendernos, pero con el tiempo decidimos que fuera periodismo de investigación, análisis e información. Nos metimos a investigar mucho los problemas del gobierno, hasta que en 1985-90 empezó a llegar el narcotráfico. Empezamos a investigar. Se intensificó en 95-96 y nos metimos de lleno a trabajar en ello.
—Una pregunta que puede resultar ingenua, pero que puede ser relevante por su dominio del tema. ¿Qué es hoy el narcotráfico?
—En estos momentos es la actividad que tiene como puntal de desarrollo la complicidad de la policía. Sin la policía, el narcotráfico no podría tener tanto auge como lo ha tenido en este sexenio. No tendría la protección, ni la información. Entonces el narcotráfico es el gran negocio entre mafiosos y policías.
—¿Y en Tijuana qué es, qué representa el narco?
—Bueno, como en un momento dado fue en Ciudad Juárez, Nuevo Laredo, Sinaloa, un narco calmado, no violento, pero a partir de los años noventa es cuando se desata la violencia. Y en Tijuana es un sello que nos ha caído, y es el paso natural de droga como Nuevo Laredo para los indocumentados. El problema es que nos encontramos como vecinos de California, que es el estado más rico de Estados Unidos.
—¿Tiene salvación Tijuana?
—No, no, no. El problema es que se dejó crecer esto desde los noventa. Se dejó que penetrara a la sociedad, a la policía, al gobierno. Se necesitaría que pasaran dos sexenios en donde el presidente de la República le pusiera muchas ganas, y no digo que para terminar con el narcotráfico, nunca se va a acabar, pero sí para disminuir todos los crímenes, que ya es una cosa exagerada en todo el país.
—¿No es una visión un poco optimista el pensar que todavía hay marcha atrás?
—Lamentablemente, para mí que los candidatos a la Presidencia de la República, los tres que están sonando más, no saben dónde están parados en cuanto al narcotráfico. No les he escuchado algo sólido sobre cómo lo van a combatir.
—¿Y en dónde están parados? ¿De qué tamaño es el problema?
—Bueno, a lo mejor en estos momentos ya los narcotraficantes están metidos en las campañas y no se han dado cuenta. Yo veo el peligro de que en el próximo sexenio el narcotráfico llegue a colarse por alguna puerta de Los Pinos o de Palacio Nacional.
—¿Ya lo ve así, tan cerca del poder?
—Pues sí, porque no lo han combatido como debe ser. Ahí esta el caso de El Chapo. ¿Cómo es posible que una persona que se fugó no lo puedan detener miles de policías y el Chapo ande tranquilamente en Acapulco, o Nuevo Laredo o Sinaloa o Mexicali?
—¿Usted ha apreciado que los narcos hayan querido acercarse a los actuales candidatos?
—Yo lo que veo es que anteriormente a los narcos no les importaban quiénes fueran los candidatos. Les interesaba quién fuera el delegado de la PGR y los comandantes de la judicial en cada estado, para ponerse de acuerdo con ellos. Pero dadas las condiciones que hay ahorita, el poder del narcotráfico en estos momentos es enorme.
—¿Los narcos pueden llegar a decidir quiénes van a ser los gobernantes?
—A lo que hemos llegado aquí, en Tijuana, es que nombraron a un jefe de la policía en una delegación de Tijuana. pero los narcos le dijeron “no te queremos” y le dijeron que se salía o lo mataban y el cuate se salió. Y eso da una idea de hasta donde puede llegar el narcotráfico.

El primero de marzo de 1987 la redacción de Zeta fue baleada por una ametralladora Uzi. Era de madrugada, así que sólo se trató de un susto. Eso le dijo un policía a Blancornelas.
Un año después, de la intimidación se pasó al asesinato.
A las 9.15 horas del 20 de abril de 1988, una camioneta Trans-Am negra bloqueó el paso al auto donde iba uno de los dos directores de Zeta, Héctor El Gato Félix Miranda. Un individuo, entonces, le disparó dos veces a corta distancia. La escopeta .12mm rompió la ventanilla y una bala entró por el hombro izquierdo. La otra le desgarró el costado del tórax. El Gato había sido asesinado.
Fue difícil que la indagación judicial prosperara. Pero el impulso que el periódico dio a la investigación impidió que el crimen quedara impune: Antonio Vera Palestina y Victoriano Medina fueron detenidos y sentenciados. El primero era jefe de seguridad del hipódromo Caliente, propiedad de Jorge Hank Rhon, el hijo de Carlos Hank González.
Los pistoleros se refugiaron en el hipódromo de Hank tras el crimen. El secretario particular de Hank Rhon, ha dicho Blancornelas, les llevaba dinero para mantenerse uno en cautiverio y otro fugitivo. Siguen encarcelados. Desde entonces, cada semana en Zeta, aparece en negro la página que ocupaba El Gato para su columna “Un poco de algo”. Pero siempre está la misma pregunta:
“¿Jorge Hank Rhon: ¿por qué me asesinó tu guardaespaldas Antonio Vera Palestina?”
Blancornelas ha escrito que la única vez que platicó con Carlos Hank, éste le ofreció pagarle todos los gastos de por vida para que se fuera a vivir a Europa. Una sutil sugerencia de soborno. Blancornelas, obviamente, la rechazó.
El Gato fue el primer amigo que perdió don Jesús.

—Jesús, habla de que el narcotráfico es un enorme poder ahora, pero usted como nadie más lo desafió desde Zeta. ¿Por qué lo hizo?
—Más que desafiarlos, lo que llegamos a pensar es que si el narcotráfico es noticia y nosotros periodistas, bueno tenemos que dar la noticia. Y si al narcotráfico no le gusta y nos ataca, bueno, pues nosotros vamos a decirles: “Señores dedíquense a otra cosa o no la agarren con nosotros, porque nosotros no estamos ni de acuerdo con ustedes ni hemos entrado en arreglos ni nada”. Vamos a tener que publicar lo que todo mundo ve. Y me da tristeza que compañeros de diferentes periódicos del norte de la república, y ya en el centro, hayan decidido no escribir del narcotráfico.
—¿Qué piensa de eso?
—Pues lo puedes interpretar como que el periodismo está dando un paso para atrás y los narcos un paso para adelante. Como en el caso del diario El Mañana, de que ya llegan y se te meten. Eso es muy lamentable.
—¿Imagina escenarios peores o ya llegamos a los que antes ni siquiera concebíamos?
—No esperábamos eso. El problema es que los periodistas no tenemos unidad. No somos solidarios. A los periodistas de México nos atrae más la noticia de un periodista muerto que defender a un periodista.
Usted dice que no tenía la intención de desafiar al narco, pero lo hizo, con riesgos altísimos. ¿Los valoró y aún así decidió que debían seguir?
—Sí, bueno, valoramos los riesgos, pero nunca esperamos que hubieran sido tantos. Nosotros hemos perdido tres compañeros. Héctor Félix, Luis Valero y Francisco Ortiz. Ahí sí yo me arrepiento de haber creado Zeta. Porque tres vidas no valen lo que vale Zeta.
—¿Tanto dolieron esas tres muertes?
—Sí. Yo había pensado retirarme desde hace mucho tiempo. Mi retiro no significa que me retiro del periodismo. No, me retiro de mi oficina, del escritorio. Son diez años de reportear y 40 años atrás del escritorio. Son cuarenta años en que faltó la luz, que faltó este compañero, que no hay dinero, que no llegó el papel. Y todo eso, trabajando junto con el periodismo, la nota, bueno pues agota. Ya tengo 70 años y es bueno dejar el lugar a la gente joven. Sólo me quedo escribiendo e investigando.

Escribió Blancornelas:
“Mi compañero editor Francisco J. Ortiz Franco fue asesinado en 2004. Junio 22. Le tirotearon a la cabeza. Apenas había trepado a su auto. Ni siquiera encendió el motor. Dos perversos matones no tuvieron compasión. Dispararon cuando sus hijitos estaban en el asiento trasero. Semanas después hubo una coincidencia: Zeta y la Procuraduría General de Justicia del Estado anotaron públicamente como sospechoso a Jorge Hank Rhon. Apareció simultáneamente en las hipótesis. Primero el cártel Arellano Félix. La Procuraduría General de la República avaló esas presunciones. Había y hay sustento: Ortiz Franco tenía muchas pruebas legales y conclusiones jurídicas. Así podría abrirse una averiguación penal contra Hank en otro asesinato: El del codirector de Zeta, Héctor Félix Miranda. Total. Las procuradurías federal y estatal no investigaron a Hank. Menos siguieron los pasos a matones del cártel Arellano Félix. O a Heriberto Lazcano El Lazca de Los Zetas. Todos sospechosos. Prácticamente desatendieron el asunto. La PGR atrajo el caso y con eso la bajacaliforniana se lavó las manos. Simplemente confirmó las hipótesis y nada más. Después del de Ortiz Franco hubo más crímenes. Fueron borrándolo. Las autoridades se olvidaron. Resultó una vacilada lo que dijo el presidente Fox: ‘Iremos hasta las últimas consecuencias’.
“Entonces sucedió el martes 15 de noviembre de 2005 en algún lugar de Tijuana: policías encapuchados interrogaron a Edgard Adrián Gutiérrez Elenes, el famoso Cachorro. Pistolero entre la segunda y tercera escala del cártel Arellano Félix. Lo detuvieron una noche anterior. Le preguntaron por qué mataron a Ortiz Franco. Y el joven pistolero sorprendió al contestar “nosotros no fuimos, fue gente de Hank”. Esta simple referencia tiene un escabroso principio: En labios de un mafioso “fue gente de Hank” estremece. Significa que el júnior y alcalde tiene a sus órdenes a quienes se dedican al crimen. Pudiera ser falso. Pero mientras la policía no investigue, la versión sigue en pie”.

—En los tres casos de esos tres periodistas compañeros suyos que han sido asesinados hay también tres nombres que saltan: los Arellano, los Zetas y Hank. ¿Qué le dicen estos tres nombres?
—En el caso de Félix, está Hank Rhon, que todavía lo tenemos pendiente. Está por revisarse el expediente para ver si se abre otro. En el caso de Valero, fueron los Arellano los que dispararon y a pesar de que mis compañeros identificaron a diez pistoleros, hasta el momento sólo han detenido a dos y eso, por casualidad. Y en el caso de Ortiz Franco no han detenido a nadie a pesar de que nosotros ya investigamos y señalamos la posibilidad de que sean los Zetas, que vinieron en ese tiempo apoyando a los Arellano cuando eran amigos. Y también está la otra línea de Hank Rhon porque Ortiz Franco estaba investigando el caso de Héctor Félix. En todos esos lamentables crímenes la investigación periodística siempre va por delante de la PGR y la PGR no hace nada.
—¿Qué le dice el apellido Hank?
—Bueno si hablamos del profesor, ese era un político que, bueno, robaba, pero no podía comprobársele. Era un hombre bien vestido y hasta simpático. Pero Jorge es lo peor que puede haber, es un hombre de caprichos, es un hombre que manda matar. Lo he dicho y lo sostengo. Me da asco.
—¿Y ahora que es alcalde de Tijuana, ha resentido Zeta algún tipo de presión?
—Cuando fue electo, en Zeta escribimos un editorial diciendo que no íbamos a aceptar ni una pulgada de publicidad de ellos. Aceptarlo sería tanto como si Mario Aburto fuera a dar el discurso luctuoso en el aniversario de Colosio.
—No hay nadie que conozca mejor a los Arellano que usted. ¿Díganos quiénes son los Arellano, de qué están hechos?
—Bueno, en estos momentos ya no se le desea el mal a nadie pero Ramón está muerto y Benjamín en prisión. Ahora Eduardo es el que está al frente con Enedina y el Tigrillo Francisco Javier, pero ellos ya no son un cártel, ya son una corporación, ya trabajan como una gran empresa y ya no tienen pistoleros. Cuando ellos quieren eliminar a alguien, ahora maquilan o contratan a alguien. No es como antes, que tenían a un grupo muy fuerte. Ahora ellos están organizados y están muy fuertes.
—¿Cómo opera ese corporativo, cómo pueden sobrevivir si ya no tienen guardaespaldas, cómo operan los Arellano ahora?
—Es que han hecho una empresa muy grande que tiene sucursales en América del Sur y que tienen oficinas en Oaxaca, en Guerrero, en Jalisco, en Tijuana, en Estados Unidos. Es el sello que le ha dado Enedina.
—¿Qué tipo de personas son los Arellano?
—No los conozco personalmente, pero son muy distintos. Ramón era el más violento, ese mataba por matar. Mataba por gusto. El me mandó matar, en una junta y curiosamente lo propone y lo aprueba Ramón, lo aprueba también Benjamín como no queriendo; Eduardo y Francisco Javier no lo aprobaron, pero, bueno, se hizo. Pero son muy distintos. Benjamín es una persona más calmada, no es tan violenta. Eduardo no es capaz de ordenar la muerte de alguien. Enedina es una persona con muchísima capacidad, no sólo es una abogada, es una contadora, doctora en contabilidad, muy buena para los negocios, tiene negocios en muchas partes de la república. Francisco Javier es el problema del grupo porque es el más joven y es al que le gusta andar en las discotecas y con las chavas. Así son.

“Nos salieron de atrás por una calle inmediata. No se me borró ni he olvidado la cara del hombre que, de lado contrario al volante, bajó el vidrio de la portezuela automáticamente. Sacó el brazo y su pistola. Nos empezó a disparar... Los estruendos me paralizaron. Me quedé viendo fijamente al hombre. Luis (Valero) me cubrió inmediatamente con su cuerpo lanzándome al piso bajo la guantera... Reclinada mi cabeza del lado izquierdo sobre el asiento, escuché disparos por todos lados. Vi cómo Valero sin quitar las manos del volante se doblaba hacia su derecha. No alcanzó a tomar su arma. No podía creerlo. Claramente tenía el pecho perforado por seis, siete, ocho, no sé cuántos disparos. Sus ojos se habían entrecerrado. Respiraba con dificultad, como si roncara. Me puse a rezar pensando que en cualquier momento nos matarían... Luego tomé mi radio de banda civil. ‘Nos están atacando’, ‘Nos están balaceando’, ‘Auxilio’... Perdí mis lentes. Pedazos del cristal del parabrisas cayeron en mi cabeza. Luis se dobló más. También vi heridas en sus rodillas. Puse mi mano en su pecho para enderezarlo. Me la dejó ensangrentada. Le pedí que aguantara. Cuando gritaba que ya venían por nosotros sentí como si me hubieran dado un golpe en la espalda y cadera derecha. Me sofocó y empezó a faltar aire. Parecía como si tuviera polvo en la garganta. Ya no podía rezar ni hablar por radio. Dos disparos rozaron mi mano derecha entre el pulgar y la muñeca. La sangre me salpicó los ojos. Luis se dobló totalmente. Su cabeza quedó junto a la mía. Estaba sangrando. Los dos quedamos inmóviles”.
Eso fue escrito por don Jesús. Habla del atentado que sufrió el 27 de noviembre de 1997, ordenado por los hermanos Arellano Félix. Ramón, el más violento, se había enfadado porque Blancornelas había publicado la carta de una madre de un cercano colaborador del capo, donde le reclamaba el asesinato de su hijo y lo llamaba cobarde. Desde antes, el periodista venía desnudando a los principales pistoleros del cártel. Uno de los sicarios, David Barrón El CH, orquestó la ejecución contra don Jesús, pero murió en el fuego cruzado.
Desde entonces, entre 10 y 13 militares cuidan de Blancornelas.

—El atentado en su contra debió haberlo marcado terriblemente ¿por qué no se retiró del periodismo después del atentado?
—Bueno, hubo unos factores. El primero fue el de los médicos que me dijeron “prácticamente lo sacamos del hoyo…” Eso me dio fuerzas. Y luego el obispo fue a verme y me entregó una carta en la que me dice “si Dios no quiso que te murieras es porque quiere que sigas haciendo lo que tienes que hacer”. Yo soy creyente y dije “bueno, voy a seguir haciendo lo que tengo que hacer”. Y lo platiqué con mi familia, lo comentamos mucho, ellos son mi mejor apoyo y adelante.
—A partir del atentado usted ha tenido vigilancia especial de militares. ¿Cómo es la vida cuando lo tienen que estar cuidando en todo momento? ¿No es también un cautiverio?
—Bueno, llega un momento en que se acostumbra uno. La vigilancia todavía sigue en estos momentos, día y noche. Antes todos los días salíamos a la hora que ellos decían y no a la hora que yo quería. Y regresábamos a la hora que ellos decían. No venía a comer a mi casa para no causar más movimiento. Y ellos decidían todo. No voy a la iglesia, no voy al cine, no voy a ningún restaurante, no voy a ningún lugar público. Ellos tienen que revisar antes de que yo entre. Y bueno, algunas personas se medio incomodarán por la vigilancia, y entonces prefiero no causar problemas por la vigilancia y ahorita solamente estoy en mi casa y de vez en cuando salgo a dar una vuelta y me dan una vuelta y nada más.
—¿Los Arellano le expropiaron parte de su vida personal y privada?
—Pues sí, lamentablemente. Ya no puedo moverme como antes, pero pues qué se puede hacer.
—¿Usted siente algo con respecto a los Arellano?
—No, no, no, yo siempre he dicho y se los he mandado decir con algunas personas, que sé que se lo pueden decir: yo contra ellos no tengo nada. La policía es la que tiene algo contra ellos. Y si son católicos, bueno, pues creo que tienen algo pendiente allá arriba. Yo no les guardo rencor, nada. Conmigo no tienen nada pendiente.
—Todos estos años al frente de Zeta representaron, muy probablemente sin querer, un desafío al narcotráfico ¿cuál fue el costo familiar?
—Bueno, estábamos acostumbrados a viajar cada semana, cada quince días a diferentes partes de la República, a divertirnos, a reportear cuando había oportunidad y se acabaron todas esas cosas. Pero en compensación, tenemos que ahora cada semana todos mis hijos y mis nietos vienen aquí a la casa y estamos aquí contentos.
—¿Y costo personal?
—No lo siento personal, porque como decían en las famosas películas de El padrino, esto es cuestión de negocios, no es un asunto personal.
—¿Ahora que menciona El padrino, se parecen los Arellano a la familia Corleone, por ejemplo?
—No, son cosas distintas. Ninguno de los cárteles le llega a lo que se describe en El Padrino. Aunque yo sé que todos los narcotraficantes tienen una debilidad por la película y la ven cinco, seis, siete veces.
—¿Qué es el miedo para usted?
—Yo no puedo negar que tengo miedo por momentos. Como el periódico se publica el viernes, y en ocasiones yo tengo una nota muy delicada sobre el narco desde el lunes, pues me da miedo que los narcotraficantes quieran hacer algo. Pero ya que se publica, se me quita el miedo. Es como los toreros: cuando algunos se ponen en la barrera esperando que salga el toro y están temblando, pero ya cuando sale el toro y le dan el primer capotazo, se les quita el miedo. Así le pasa a uno.
—¿Alguna vez tuvo contacto directo o indirecto con los Arellano?
—No, yo lo he querido tener, pero ellos se han negado. Inclusive ahora en la cárcel he querido ver a Benjamín, pero no ha aceptado. En una ocasión un abogado que yo conocía fue a visitarme y a decirme que ellos no habían sido los que me habían baleado. Y me dijo que ellos querían hablar conmigo por teléfono. Y les dije que por teléfono no, porque no conozco la voz. Y me decía que me daba un número de teléfono. Y yo les decía que resultaba lo mismo. Y decía, pues entonces qué hacemos. Y yo le dije: “Bueno, por qué no se suben a un avión y volamos de San Diego a Nueva York, a Chicago y platicamos en el camino sin gente armada, y ya llegando pues cada quien para su lado”, pero ellos no quisieron.
—¿Y para qué quería verlos?
—Bueno, yo quisiera preguntarles por qué son así, por qué hacen todas estas cosas.
—¿Es la entrevista que le faltó?
—Sí, pero estoy todavía con una manita metida en eso, y con otros importantes que no me quieren, pero yo les insisto.
—¿Cree que los Arellano llegaron a respetarlo?
—No, me odian.
— Pero profesionalmente
—Bueno, mientras uno diga la verdad, no vas a tener problema con los señores estos. El problema es que se enojen y que actúen. Es como las reglas no escritas, yo no me meto con su familia y ellos tampoco con la mía.
—¿Alguna vez se ha sentido solo?
—No, en principio de cuentas porque nunca me han abandonado mis compañeros y además tengo a mi familia.
—Después de todos estos años al frente de Zeta, ¿se arrepiente de algo?
—Como ya lo dije, si de algo tuviera que arrepentirme sería de haber creado Zeta. Que tres personas hayan muerto es algo que duele y mucho. Es cuando dices “ojalá no lo hubiera hecho”.
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