![]() |
|||||||||
| Opinión | |||||||||
|
6/Jul/2008
|
|||||||||
|
Portada |
|||||||||
|
De un faraón en desgracia
|
|||||||||
|
Jaime García Chávez
Sé de un faraón al que en vida se le negaron todos los ritos funerarios del Egipto legendario. Para él no hubo sarcófago adornado con escritura sagrada, mucho menos una pirámide. Dejó estelas que registran, para todos los caminantes y viajeros, los horrores que cometió. Sus últimos años fueron tan adversos que tuvo que fabricar con raíces del río Nilo un aposento para ver pasar la historia del mundo. Este faraón, en la cercanía de los pocos eunucos que se preservaron leales, acostumbraba acudir a las tumbas de sus amigos, no para rendirles ofrendas que es lo justo, sino para reclamar el lugar que le había sido vedado. Aunque en esos tiempos no se hablaba de pecado, el faraón en desgracia había cometido la desmesura de creerse más grande, mucho más grande, infinitamente más grande que el dios más sagrado de Egipto. Aparte de vagar por los grandes valles y desiertos, los dioses lo condenaron a hablar, hablar mucho, hablar infinitamente. Todos los esclavos del reino, la teocracia, todos sin faltar ninguno, tenían la orden divina de no creerle. Estaban claras sus faltas, al grado tal que uno a uno todos los eunucos lo fueron dejando. El último fue el muy famoso abigeo que saqueó camellos en la región de Tebas y se enriqueció vendiendo cáñamo labrado. Nunca se supo de su muerte, sólo se encontró una vieja silla adosada de extraños arcos. Decían que en ella había muerto. La historia personal del faraón, posteriormente sirvió para que los rosacruces acuñaran una de sus más valiosas enseñanzas: no hagáis que la confusión penetre en vuestra mente para dar gusto a vuestra lengua. |
|||||||||